Saludo del Arzobispo de Valencia

El domingo de Pentecostés concluimos el Sínodo Diocesano con la asamblea final, en la que habéis participado los fieles cristianos laicos, en él se han aprobado unas propuestas de acción que habrán de ser ratificadas por el Arzobispo. En el corazón del Sínodo, en todo él, hay una clave y una urgencia fundamental, que también tenéis vosotros presente en la mente y el corazón que es EVANGELIZAR. Evangelizar con nuevo vigor, nueva fuerza, nueva esperanza, nuevas energías y ánimo renovado que provienen del impulso dado por el Espíritu Santo. Con este mismo impulso y como fruto de su obra los fieles cristianos laicos con prisa y urgencia os disponéis ahora, en seguida, a emprender un nuevo camino hacia un renovado Pentecostés, caminando juntos por las vías de una nueva evangelización convocando un Congreso Diocesano de Laicos. Los fieles cristianos laicos vais a ser los primeros en aplicar el Sínodo Diocesano, porque sois muy conscientes de que nos urge evangelizar de nuevo como en los primeros tiempos, y, además, mantenéis en vuestro recuerdo el Congreso Nacional de apostolado seglar, “Pueblo de Dios en salida”, que apremia el llevar a feliz puerto sus conclusiones aquí en nuestra querida Diócesis de Valencia.

Aquel Congreso Nacional, tan presente en la mente y corazón de todos vosotros, queridos fieles cristianos laicos, fue un acontecimiento muy importante, llamado a ser un momento que marca un antes y un después en la Iglesia española. Se hablaba en el recinto del Pabellón de Cristal de la Casa de Campo madrileña, donde se celebró el Congreso Nacional, de un nuevo Pentecostés, porque así había resultado ser: un nuevo Pentecostés, que nos hacía “salir” al pueblo de Dios donde estén los hombres a anunciar el Evangelio, a Jesucristo, y dar testimonio de Él, a ser misioneros en medio del mundo y ante las gentes, a hacer discípulos de Jesucristo. Allí, por el ambiente de fe y de alegría que se respiraba, por el gozo que se sentía en el encuentro, por el espíritu de fraternidad, por el aliento y la esperanza que se palpaba, por el sentido y ambiente eclesial, nada clerical, que allí se apreciaba, particularmente, en la Eucaristía, que suscita y hace la Iglesia y al finalizarla, podríamos afirmar, sin ninguna duda, que estaba actuando el Espíritu Santo, porque todo ello estaba siendo y manifestando signos de ese Espíritu Santo que suscita la fe, el amor, la alegría, la comunión y la unidad de la Iglesia que es comunión. Una asamblea eclesial de más de dos mil laicos invitados, abierta al mundo, no encerrada en sus propios muros, dispuesta a salir donde están los hombres, y compartir con todos, y libre para proclamarles sin trabas que Jesús es el Señor de todos y para todos hasta el punto de dar la vida por todos y a todos, que quiere a todos sin medida, con amor preferencial a los últimos, a los pobres, a los pecadores, a los débiles, sin exclusión de nadie. Fieles cristianos laicos, representando a tantos y tantos laicos, muchos miles, que escuchaban, escuchan y han escuchado la llamada de Dios, procedentes de asociaciones, movimientos y parroquias, de los diversos pueblos de España, de ciudades grandes y pequeñas, dispuestos a acoger lo que Dios quiere y a compartir con los hombres, sus hermanos, los gozos y las esperanzas, los dolores y las tristezas, las búsquedas y los anhelos comunes a todos que en Dios hallan su eco más propio; y lo que Dios quiere es que todos los hombre se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad, que su amor sin límite llegue y alcance a todos. Y este es el verdadero conocimiento: que conozcan la verdad de Dios, de la que es inseparable la verdad del hombre, y la grandeza de su vocación, y alcancen la vida eterna. Ahí está la vida eterna nos dice el mismo Jesús: “que conozcan a Dios Padre y a su enviado, su Hijo, Jesucristo”.

Desde todas las partes, hoy se escucha un poderoso llamamiento, un clamor, a la evangelización. En manos de los fieles cristianos laicos, está muy principalmente la obra de la evangelización. Por vuestra vocación específica, que os coloca en el corazón del mundo y al frente de las más diversas tareas temporales, sois particularmente llamados a llevar a cabo la renovación de nuestro mundo, de la humanidad: que en eso consiste evangelizar. Por eso es la hora de vosotros los laicos, la hora de la esperanza que no defrauda, la hora de Dios, -Dios es la esperanza-, esperanza de vida, esperanza de eternidad, de salvación, esperanza en el Amor.

“Caminando juntos hacia un renovado Pentecostés”, emprendéis el Congreso Diocesano de Laicos, en el que a través de la metodología que señalan los responsables del Congreso y en diversas áreas que se refieren a los campos concretos en los que os encontráis como fieles cristianos laicos, vais a ofrecer frutos abundantes e importantes ayudas a la Iglesia diocesana dispuesta a aplicar las proposiciones aprobadas por el Sínodo Diocesano y que vuestro Arzobispo hace suyas para edificar la Iglesia del futuro en la diócesis de Valencia, sobre la piedra angular de Jesucristo y la roca firme de la fe que se expresa por la caridad y camina en la esperanza sólida que nos salva. Que la Virgen María, Madre de Dios, Madre de la Iglesia y Madre nuestra, Madre de los Desamparados os guíe, acompañe y proteja en este Congreso, sin olvidar en ningún momento tres cosas: Lo que dijo a los criados de las bodas de Caná: “Haced lo que él, Jesús, os diga”, “Ahí tienes a tu Madre”, “y el discípulo querido la acogió en su casa”; “Una mujer entre el gentío dijo, refiriéndose a Jesús: “Bendito el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron”; y Jesús repuso; “mejor, dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen”. Sí, con este estilo de María hemos de celebrar el Congreso Diocesano de Laicos. Que no falte la oración, la adoración, la contemplación de las grandes maravillas que Dios misericordioso hace y que nunca dejemos de alabar y confiar en Dios, como María, Madre de la Iglesia y Madre nuestra.

Antonio Cañizares Llovera | Arzobispo de Valencia

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